LA FRAGMENTACIÓN DEL ESPACIO RURAL EN CHOLULA

Actualizado: 23 abr 2021


La zona metropolitana Puebla-Tlaxcala se encuentra, cuál universo infinito, en constante expansión urbana. Diversas condiciones socioeconómicas lo han promovido, pero sin duda, una de las más visibles ha sido el boom inmobiliario a través de la proliferación de fraccionamientos, zonas comerciales y condominios en su zona conurbada con Cholula. Por encima de muchas condiciones, ésta representa un consumo desmedido del territorio, que de ninguna manera es congruente o sustentable con sus recursos locales.


Lo anterior ha tenido como consecuencia la fragmentación del espacio verde y rural en Cholula, entendiendo lo “verde” no sólo como el uso público de parques, áreas de donación y conservación. El espacio verde es también lo rural, las parcelas agrícolas, las parcelas de flores bajo la Gran Pirámide, el cerro Zapotecas, las nopaleras de Tlaxcalancingo, los campos de alfalfa de Chipilo, los pueblos de Santa Clara Ocoyucan, el río Atoyac, etc.


Los espacios antes mencionados son los que más se encuentran en peligro de segregación, gentrificación y desaparición ya que no sólo cumplen su función como pulmones verdes de la región, son también donde se producen los alimentos y flores que consuminos y disfrutamos; por ende, son un elemento vital dentro del espacio multidimensional que integra a Cholula.


Lo preocupante es, que el consumo desmedido del territorio a base de fraccionamientos masivos y zonas comerciales está convirtiendo el espacio verde, rural y abierto de Cholula, en una ciudad privada amurallada sin puntos naturales de encuentro. Esta condición se ha vuelto más grave para los pueblos originarios, que empiezan a segregarse dentro de su propio territorio, debido a los servicios e infraestructura que se desarrollan sólo para una mayoría que puede pagar amenidades y vivienda dentro de espacios cerrados.


Ahora bien ¿cómo hemos llegado a tal derroche territorial? Esto ha sucedido debido a tres condiciones: primero, las políticas de desarrollo urbano no ayudan, porque todo uso de suelo agrícola se considera tarde o temprano urbanizable. Segundo, la normatividad se va siempre a lo mínimo, es decir, el constructor siempre va a preferir donar el mínimo de área verde con tal de tener más metros cuadrados vendibles. Además, las mismas normativas contabilizan las áreas de donación como camellones, jardineras y banquetas, pero ¿esto realmente se puede considerar un espacio verde de calidad? Por último, las desarrolladoras inmobiliarias han vendido una ilusión de un estilo de vida con parques de impecable y costosa jardinería, espacios que son separados por kilómetros de muros del inseguro exterior.


Como resultado, el espacio rural en Cholula se encuentra fragmentado, privatizado donde cientos de hectáreas de uso agrícola han sido paulatinamente urbanizadas y cada día ve reducido su territorio a espacios de donación convertidos en camellones y banquetas sin vida. Quizá es lo que más me deprime del urbanismo poblano y mexicano, que ejidatoarios, agricultores, campesinos y dueños de la tierra cambian sus milpas por ladrillos, es decir, sólo les queda especular a que les compren a precio justo su tierra para un desarrollo inmobiliario. Para mí, esto es una de las tragedias del campo mexicano.


Quizá no todo está perdido, la complejidad de la cultura rural y sagrada que tiene Cholula ha encontrado un respiro gracias a la revalorización del espacio abierto a raíz de la pandemia Covid-19. Si los espacios de encuentro urbanos se prohibieron, la calidad del espacio abierto rural volvió a ser tema de interés para familias que buscaban "sana distancia". Esto quizá es una oportunidad única, además de la conscientización que realizan los pueblos originarios de San Andrés Cholula por la implementación de un plan de ordenamiento territorial. Estos nuevos instrumentos de planeación buscan integrr la biocultura rural y que no todo el desarrollo de infraestructura sea para conectar fraccionamientos o centro comerciales.


Cholula sigue siendo un magnífico laboratorio vivo de procesos territoriales y sin duda, desde el Taller Amealco seguiremos trabajando para que las futuras generaciones de urbanistas, arquitectos y tomadores de decisiones, consideren que una milpa urbana es más que un espacio de cultivo, es la esencia de nuestro pueblo que garantiza la soberanía alimentaria, la identidad agraria y el paisaje productivo de nuestra comunidad.


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